Entrevistas
María Petech, nacida en el año 1931 - Berisso, Septiembre de 1989
24 de Abril del 2026
Imágen Basílica Santa María Cracovia Polonia
P: Doña María, es un privilegio sentarme hoy con usted. A sus 58 aÑos, en sus ojos se adivinan historias profundas. Cuéntenos, ¿qué la impulsó, siendo tan joven, a dejar su Polonia natal y emprender ese viaje incierto hacia Argentina en 1948?
MP: (Suspirando suavemente, con la voz teñida de un dolor antiguo pero presente) Era el 24 de octubre de 1948. Un día que marcó el resto de mi vida. Polonia… mi hermosa patria, había caído. Después de la guerra, la libertad que tanto anhelábamos se nos fue negada, quedamos bajo el yugo de Rusia. Yo era apenas una muchacha de 18 años, llena de sueños, pero mi tierra ya no me ofrecía un futuro, ni siquiera la posibilidad de ser dueña de mi propio destino. ¿Qué podía hacer? Con el corazón apretado, comprendí que debía buscar mi propia libertad, mi propia vida, lejos de allí.
P: Imagino la angustia de esa decisión. ¿Qué dejó atrás en Polonia? ¿Qué recuerdos atesora de su infancia y de ese hogar que ya no era libre?
MP:(Una lágrima brilla en sus ojos, pero no cae) Dejé todo. Los paisajes que se grabaron en mi alma desde niña: las primaveras exuberantes, los veranos cálidos, y los inviernos… ¡ay, los inviernos! El frío del norte, el contraste con el sur más templado, las lluvias del otoño. Dejé la familiaridad de cada rincón. Pero lo más doloroso, lo que se lleva consigo, es la gente. Mis abuelos, mis tíos, tantos primos… una red de afectos que se cortó con la distancia. No era solo un país lo que perdía, era una parte de mi misma.
P: Y ese viaje... ¿cómo fue embarcarse sola, con la incertidumbre del océano por delante? ¿Qué sentía una joven María en ese barco, el "Ruiz"?
MP: (Cierra los ojos por un instante, reviviendo el momento) La soledad. Era inmensa. Salí desde África, donde llegué primero, y luego el "Ruiz" me trajo a estas costas. En el barco éramos muchos, cada uno con su propia historia de exilio, pero la carga era personal. Recuerdo las noches, mirando las estrellas, preguntándome si había hecho lo correcto, si algún día volvería a sentirme en casa. Pero había una fuerza, una pequeña llama de esperanza, que me decía que este era el camino hacia la vida que anhelaba.
P: Y al pisar tierra argentina, ¿cómo la recibió esta nueva patria? ¿Cómo fueron sus primeros pasos, sus primeros trabajos?
MP: Argentina me abrió los brazos, aunque al principio todo era ajeno. El idioma, las costumbres, todo era nuevo. Mi primer trabajo fue con un sastre, aprendiendo un oficio nuevo, conociendo gente. Después, la hilandería, dos años de esfuerzo, de aprender a ganarme el pan. No fue fácil, pero cada día era un paso, una confirmación de que había valido la pena. Y lo más hermoso, lo que le dio verdadero sentido a todo, fue la familia que pude formar aquí. Mi esposo, mi hija, luego mi yerno y mis dos nietas. Ellos son la melodía de mi vida, mi mayor consuelo.
P: Su historia es inspiradora. Después de tantos años y de haber construido una vida tan plena, ¿a qué se dedica hoy?
MP: (Una sonrisa genuina ilumina su rostro) Hoy soy profesora de inglés. Es algo que me llena el alma. Me encanta la gente, me encanta enseñar, ver cómo otros aprenden y crecen. Es una forma de devolver un poco de todo lo que la vida me dio en esta tierra. Es conectar, es seguir construyendo.
P: A pesar de haber forjado una vida aquí, ¿aún existe ese anhelo por Polonia? ¿Le gustaría volver a visitar su tierra natal?
MP: (La emoción vuelve a embargarla) No he podido volver. Pero sí, ¡claro que me gustaría! No para irme de aquí, porque mi hogar y mi familia están en Argentina, pero sí para volver a verlos. Tengo muchísimos familiares allá: primos, tíos, abuelos… (su voz se quiebra levemente) Tantos años sin verlos, sin abrazarlos. Poder conocer a los que no conocí, y recordar a los que se fueron, sería un bálsamo para el alma.
P: Más allá del trabajo, ¿qué precio emocional y personal pagan los inmigrantes?
MP: Uno deja todo: la familia, los amigos, el idioma, la cultura. La nostalgia se convierte en tu sombra. Cada noche te acuestas pensando en todo lo que dejaste. Extrañaba a mis padres, a mis hermanos y a mis tíos, pero en Argentina encontré una nueva familia y nuevos amigos. Tienes que elegir: o te aferras al pasado o sigues adelante. Y siempre decidimos seguir avanzando.
P: Doña María, su vida es un verdadero testimonio de fortaleza. ¿Qué mensaje le daría hoy, desde su experiencia, a las nuevas generaciones de inmigrantes o a cualquier persona que se encuentre en una encrucijada vital?
MP: (Con la mirada firme y llena de sabiduría) Les diría que nunca olviden de dónde vienen, que valoren sus raíces, pero que abracen el presente con toda su fuerza. Que no teman al trabajo duro, porque nada se regala, y que el esfuerzo siempre tiene su recompensa. Y lo más importante, que cuiden a su familia. La familia es el ancla que nos sostiene en la tormenta, el puerto donde siempre encontramos refugio. Argentina me dio un hogar, una familia, una vida. Y por eso, con todo mi corazón, amo a esta patria que me dio tanto.
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