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Eufemia Raptópulus - Berisso, Septiembre de 1995

24 de Abril del 2026

Eufemia Raptópulus - Berisso, Septiembre de 1995

Imágen Eufemia Raptópulus

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Nos encontramos con Doña Eufemia Raptópulus en su hogar, un espacio lleno de íconos ortodoxos y el aroma a café griego. A sus 72 años, su voz es suave pero firme, y sus ojos, reflejan la vasta travesía de una vida que comenzó a miles de kilómetros. Eufemia, una de las matriarcas de la colectividad helénica en Berisso, nos invita a desandar el camino que trajo a su familia desde las costas del Egeo hasta el Río de la Plata.

P: Doña Eufemia, es un placer conversar con usted. En este año, 1995, se cumplen 72 años desde que usted llegó a Argentina, siendo apenas una bebé. ¿Qué significado tiene para usted esta tierra que la vio crecer?

ER: (Con una sonrisa serena) Es mi tierra. Mi alma está aquí. Aunque nací en Grecia, mi vida, mis recuerdos, mi familia… todo es de aquí. Argentina nos dio un puerto, un futuro. Mis padres, ellos sí que fueron los valientes. Yo fui solo un equipaje más, pero para ellos, este fue el comienzo de una nueva vida, lejos del dolor que dejaron atrás.

P: Hablemos de ese origen. Usted nació en Grecia, y sus padres decidieron emigrar en 1923. Ese fue un momento particularmente difícil para la región, marcado por la Guerra Greco-Turca y la "Catástrofe de Asia Menor". ¿Qué recuerda de lo que le contaron sus padres sobre ese contexto?

ER: Mis padres no hablaban mucho de ello, era un recuerdo muy doloroso. La expulsión de los griegos de Asia Menor, la tragedia de Esmirna... fue una herida muy grande. Había mucho miedo, mucha inestabilidad. Mi padre era de un pueblo pequeño y vio cómo todo se derrumbaba. Decidieron que no había futuro para sus hijos allí. El trauma de la guerra y la pobreza los empujaron. Argentina se presentaba, para muchos griegos en ese tiempo, como una tierra de paz y de trabajo, aunque fuera lo desconocido.

P: Su familia tomó la decisión de subir a un barco sin saber exactamente su destino final. ¿Cómo es posible tomar una decisión tan radical?

ER: (Mueve la cabeza lentamente) Es la desesperación, y también una fe inmensa. Mi madre me contaba: "Subimos, y al preguntar el destino, nos decían que el barco nos llevaría a donde había futuro". La gente se embarcaba en cualquier vapor que saliera de Europa del Este, con la esperanza de que los llevara a un lugar seguro, lejos de los conflictos. Algunos fueron a Estados Unidos, otros a Australia, pero el vapor que tomamos terminó en el Río de la Plata. Mis padres no eligieron Argentina; Argentina los eligió a ellos. Nos instalamos, como muchos, cerca del puerto y de las grandes industrias que ofrecían trabajo.

P: Al llegar, la comunidad griega en Argentina, y particularmente en Berisso, era pequeña, pero muy unida. ¿Cómo fue ese primer contacto con la vida de inmigrante en una ciudad tan marcada por otras colectividades, como la italiana y la eslava?

ER: Fue como un abrazo. En Berisso había de todo, era una Babel. Los griegos éramos pocos, pero nos juntábamos. Los hombres iban al frigorífico, a las fábricas, o abrían pequeños comercios. Lo importante era la iglesia, el café, el idioma. Allí, en los encuentros de la colectividad, sentíamos que volvíamos a casa. Nos ayudábamos en todo. Mantuvimos nuestras tradiciones, el baile, la comida, la fe ortodoxa, para no perdernos. Berisso nos enseñó que se puede ser argentino sin dejar de ser griego.

P: En esa época, los inmigrantes griegos de 1923 se distinguían por venir de diversas partes del imperio otomano en colapso. ¿Cómo vivían ellos el sueño argentino?

ER: Los que vinieron en esa oleada, como mis padres, eran personas que habían perdido casi todo. Por eso, el sueño no era hacerse ricos; el sueño era la estabilidad, la comida en la mesa y que sus hijos no tuvieran que vivir en guerra. Para ellos, Argentina era un paraíso de oportunidades. Ver que yo podía ir a la escuela, hablar el idioma sin miedo y jugar libremente, era su mayor recompensa. Se deslomaron trabajando, pero siempre con una dignidad inmensa.

P: Usted formó su familia y continuó ese legado aquí en Berisso. ¿Qué mensaje intenta transmitirles a sus familiares sobre esa doble identidad: ser argentinos y llevar la sangre helénica?

ER: Les digo que la sangre es fuerte. Que recuerden la valentía de los abuelos, que cruzaron el mar por ellos. Pero también les digo que sean agradecidos con esta tierra. Que estudien, que trabajen y que nunca olviden el significado de filotimo—ese concepto griego de honor, de hacer el bien, de ser generosos. Es la herencia más grande que les podemos dejar. Mi corazón late en español, pero sueña en griego. Y eso es una riqueza inmensa.

P: Después de 72 años, y de ser testigo de cómo la comunidad griega en Berisso ha crecido y evolucionado, ¿hay algo que le dé particular orgullo?

ER: Me da orgullo ver que el alma de Grecia sigue viva aquí. Cuando veo a los jóvenes bailar el sirtaki en las Fiestas del Inmigrante, cuando escucho el idioma en la iglesia, o cuando se mantienen vivos los centros culturales, siento que el sacrificio de mis padres no fue en vano. Hemos sembrado una parte de Grecia en Argentina, y ha florecido.

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