Cenefa

Maestros del Alma


Hugo Celestino

12 de Agosto del 2026

Hugo Celestino

Imagen Hugo Celestino

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Hablar de la vieja ENET Nº 1 —hoy EET Nº 2— es invocar inmediatamente ese aroma metálico y el zumbido constante que salía de los laboratorios de Electromecánica, el lugar donde el cobre y el acero cobraban vida bajo nuestra mirada adolescente. Y ahí, en medio de la complejidad de los tableros y los cables, estaba el profesor Hugo Celestino.

Para nosotros, los alumnos de Electromecánica, Hugo no era solo un docente; era el guardián de nuestra "Usina Atrucha", ese templo sagrado y casero donde aprendimos que la electricidad no se domina con miedo, sino con respeto y precisión. ¿Quién puede olvidar el desafío de conectar aquel generador a la red? Hugo estaba ahí, no como un fiscalizador, sino como un guía, supervisando cada maniobra con esa calma paternal que nos tranquilizaba el pulso justo cuando las manos empezaban a temblar frente a los bornes.

Nos enseñó a entender la lógica de las máquinas, a "escuchar" el motor cuando rateaba y a sentir el peso de la responsabilidad técnica. Si nuestra querida "Usina Atrucha" del Industrial funcionaba, era en gran medida por la confianza que él depositaba en nosotros. Se acercaba al generador, ajustaba un contacto, nos miraba por encima de sus anteojos y, con una sencillez que todavía retumba, nos daba el visto bueno para la prueba final. En ese momento, no éramos alumnos rindiendo una materia: éramos técnicos asumiendo un oficio.

Su enseñanza era paternal en el sentido más puro: se preocupaba porque entendiéramos el porqué de cada conexión. Si cometíamos un error, no nos castigaba; nos hacía desandar el camino, revisar el plano y volver a conectar, enseñándonos que en la electromecánica, igual que en la vida, los cortocircuitos se evitan con atención, orden y, sobre todo, haciendo las cosas con honestidad.

Pasaron los años, y hoy, cuando miramos atrás, no podemos evitar sonreír al pensar en su retiro. Porque el profesor Hugo, ese que nos enseñó a manejar la energía con tanto cuidado, cuando finalmente colgó el guardapolvo, cambió los cables por los hilos de pesca. Y nos llena de orgullo saber que hoy sigue ahí, a orillas del agua, manteniendo encendida esa misma llama de pasión con la que nos enseñó a vivir. La misma paciencia que tenía para explicarnos un circuito, es la que hoy despliega en cada lance, demostrándonos que los grandes maestros nunca dejan de enseñar, simplemente cambian de escenario.

Gracias, Hugo, por habernos dejado las llaves de nuestra "Usina Atrucha", por habernos enseñado a conectar no solo cables, sino sueños, y por seguir pescando, ahora en el río, con la misma dedicación y el mismo alma de siempre.

En la memoria de la ENET Nº 1, sos el maestro que nos enseñó a dar energía a nuestro propio futuro.

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